Senderismo

El Zorro que roba

Son las siete de la tarde. Partimos de Navalperal de Tormes, con la idea de vivaquear cerca de la Laguna de Majalaescoba. Es Agosto, hay que esperar hasta bien entrada la tarde para ponerse a caminar. El calor todavía se hace notar, pero por momentos el sol se va retirando y la sombra de las montañas comienza a notarse.
Cruzamos el río Tormes, este año su caudal viene muy bajo, no fue un invierno ni una primavera muy lluviosos.
Otra garganta cruzada más y enfilamos la suave subida, hasta encontrar el mejor lugar para pasar la noche.
Las vacas pastan a su antojo entre los piornales, sin sorprenderse apenas con nuestra presencia. Algún ternero corre bajo la protección de su madre. Una de estas negras rumiantes, lejos de apartarse del sendero, nos mira con chulería,…hay que esquivarla y proseguir nuestra ruta.
A medida que la luz va siendo menor, el frescor y los aromas del fondo del valle, nos van resultando conocidos. Esto nos retrotrae a otros veranos, incluso a la niñez, saltando por los cantos rodados, mirando absortos a las libélulas, persiguiendo lagartijas o encontrando alguna que otra culebrilla de agua.
Los grillos comienzan su pesado y monótono concierto. Falta casi una hora, para la casi completa oscuridad y entre dos luces apresuramos el paso.
Algo más tarde hay que detenerse para beber y abrigarse. Reanudamos la marcha e intentamos apurar lo más posible, la puesta de nuestras linternas frontales. Parece increíble, como el ojo se acostumbra a estos momentos de pobre luminosidad y como los pies saben donde pisar de forma instintiva y automática. Diez minutos después, apenas vemos nada y el transitar entre matorral alto junto con algún que otro traspiés, hace que sea necesario iluminar la senda, con una o dos linternas.
Continuamos por el sinuoso sendero, atravesando arroyos y barrizales. Ya no será la falta de luz, sino el hambre lo que nos obligará a buscar la mejor zona de vivaquear.

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Muy cerca del Chozo de la Barranca, encontramos una pradera perfecta, algo escasa y corta de vegetación pero sin piedras y aparentemente plana.
Nos disponemos cada cual, a poner límites a nuestra pequeña parcela como si de una sombrilla en la playa se tratará. Aquí se ve el carácter de cada uno. Los hay que se alejan y otros, que juntan sus esterillas ( quizá demasiado).
El infiernillo empieza a calentar uno de esos sobres de Gallina Blanca, que con tan variados y deliciosos sabores nos deleita ( sobre todo cuando el estómago se siente vacío, como agujero de cañon).
Saciados y con sueño, nos metemos en nuestros respectivos sacos, dejando a un lado mochilas, botas y alguna que otra bolsa de plástico. ¡Bolsa de plástico! ¡Error!, el astuto y viejo zorro que campea por la zona, nos ha estado observando y oculto entre zarzas se ha dado cuenta de todo. Al poco rato, cuando ya suenan los primeros ronquidos, el raposo empieza su genial ataque.
Pisadas furtivas, ruidos extraños a un palmo de mi oreja y cuando abro el ojo izquierdo sorprendo a este ladrón nocturno, mordiendo una bolsa y alejándose al trote. Imposible alcanzarle, aún así, salgo del saco en paños menores y linterna en mano, rastreo su zona de huida. A poco más de treinta metros, encuentro la bolsa de plástico hecha trizas, por suerte su contenido era ropa y allí la dejó. No le sirvió de nada a este perillán su robo, ya que se equivocó de bolsa y no encontró en ella comida, con la que satisfacer su barriga.
Así que ya sabéis, ojo a las bolsas de plástico en vuestras aventuras nocturnas por cualquier montaña. Todo a buen recaudo y sin ruidos. Los zorritos estarán por allí, alertas y relamiendose.

Montaña

Relato de una Ascensión alpina

Poco a poco la noche cerrada, va dejando paso a las primeras luces del alba. Son estos instantes los más fríos y también quizá los de mayor emoción. ¿ Que nos deparará este nuevo día? ¿Conseguiremos hacer cumbre?
Las estrellas se van apagando, al igual que lo hacen nuestras linternas. Hacia el este, una tenue luz anaranjada va tomando forma, agrandandose por momentos. Seguimos encordados, zigzagueando en medio del glaciar, dejando ya muy atrás la seguridad y el calor del refugio. A medida que ganamos altura, el paisaje se transforma. Sobrecoge lo diminutos y frágiles que somos, en la inmensidad de este terreno gélido y blanco.
La concentración debe ser máxima, ya que aunque la pala de nieve no sobrepase los 40 grados, cualquier error puede ser fatal. A veces las grietas escondidas se intuyen, otras no y la dureza de la nieve hace que nuestro pensamiento se dirija a nuestros pies y crampones. No tropezar es básico.
Ya intuimos a lo lejos la rimaya, esa grieta que hay que salvar y que da paso a otras y nuevas dificultades. La pendiente se acentúa y la pared de hielo se muestra difícil pero posible. Si ya otros lo hicieron porque no nosotros. Es hora de sacar un segundo piolet y comprobar nuestra técnica en esta comprometida pala. El hielo exterior quebradizo hace que tengamos que dar varios golpes y apuntar bien, para que tengamos que alcanzar una fijación segura para la punta de nuestros crampones y el pico del piolet.
Al fin la pendiente decrece y llegamos a la tranquilidad del collado, es el momento de hacer un receso y observar lo que llevamos hecho. Los pueblos del valle, antes visibles por sus farolillos, quedan ahora apenas imperceptibles por un sol que lo inunda todo. La arista no parece difícil, pero al ser nuestra primera vez y no haber huella, no sabemos que línea será mejor hacia la cumbre, ni cuánto tiempo nos puede quedar.
El paso se ralentiza, la falta de oxígeno se va notando. Vislumbramos a poco más de doscientos metros lo que pudiera ser la cima. Esperanzados, apretamos los dientes y entre varios espolones rocosos avanzamos por un corredor, cuya nieve presenta un blanco con infinidad de brillos y colores.
Al llegar arriba, comprobamos, que hemos llegado a una antecima.. muy típico toparse con esta decepción. Aprovechamos para hacer alguna fotografía. Abro el estuche de cuero de mi cámara Zeiss y tiro dos o tres fotos. El ligero viento se ha acentuado y sacar la mano del guante, supone un riesgo, debe hacerse con gran rapidez.
El cielo de un azul intenso es espectacular, los cirros estáticos y la cuerda que me une al compañero, hacen de éste, un momento que nunca olvidaré.
Reanudamos la marcha, ya con la punta rocosa de la cumbre a nuestro alcance. Unos cientos de metros más sorteando, pequeños riscos entre nieve dura y lejos de la inquietante cornisa y llegamos por fin a nuestra ansiada meta. «Cimaaa»
No da el tiempo atmosférico ni la hora, para grandes alegrías y abrazos, unas nubes oscuras se van acercando por el oeste, tapando ya alguna de las montañas del Macizo. Hay que volver cuanto antes. Nos queda el regreso apresurado, la bajada a veces es lo más difícil.