Montaña

Relato de una Ascensión alpina

Poco a poco la noche cerrada, va dejando paso a las primeras luces del alba. Son estos instantes los más fríos y también quizá los de mayor emoción. ¿ Que nos deparará este nuevo día? ¿Conseguiremos hacer cumbre?
Las estrellas se van apagando, al igual que lo hacen nuestras linternas. Hacia el este, una tenue luz anaranjada va tomando forma, agrandandose por momentos. Seguimos encordados, zigzagueando en medio del glaciar, dejando ya muy atrás la seguridad y el calor del refugio. A medida que ganamos altura, el paisaje se transforma. Sobrecoge lo diminutos y frágiles que somos, en la inmensidad de este terreno gélido y blanco.
La concentración debe ser máxima, ya que aunque la pala de nieve no sobrepase los 40 grados, cualquier error puede ser fatal. A veces las grietas escondidas se intuyen, otras no y la dureza de la nieve hace que nuestro pensamiento se dirija a nuestros pies y crampones. No tropezar es básico.
Ya intuimos a lo lejos la rimaya, esa grieta que hay que salvar y que da paso a otras y nuevas dificultades. La pendiente se acentúa y la pared de hielo se muestra difícil pero posible. Si ya otros lo hicieron porque no nosotros. Es hora de sacar un segundo piolet y comprobar nuestra técnica en esta comprometida pala. El hielo exterior quebradizo hace que tengamos que dar varios golpes y apuntar bien, para que tengamos que alcanzar una fijación segura para la punta de nuestros crampones y el pico del piolet.
Al fin la pendiente decrece y llegamos a la tranquilidad del collado, es el momento de hacer un receso y observar lo que llevamos hecho. Los pueblos del valle, antes visibles por sus farolillos, quedan ahora apenas imperceptibles por un sol que lo inunda todo. La arista no parece difícil, pero al ser nuestra primera vez y no haber huella, no sabemos que línea será mejor hacia la cumbre, ni cuánto tiempo nos puede quedar.
El paso se ralentiza, la falta de oxígeno se va notando. Vislumbramos a poco más de doscientos metros lo que pudiera ser la cima. Esperanzados, apretamos los dientes y entre varios espolones rocosos avanzamos por un corredor, cuya nieve presenta un blanco con infinidad de brillos y colores.
Al llegar arriba, comprobamos, que hemos llegado a una antecima.. muy típico toparse con esta decepción. Aprovechamos para hacer alguna fotografía. Abro el estuche de cuero de mi cámara Zeiss y tiro dos o tres fotos. El ligero viento se ha acentuado y sacar la mano del guante, supone un riesgo, debe hacerse con gran rapidez.
El cielo de un azul intenso es espectacular, los cirros estáticos y la cuerda que me une al compañero, hacen de éste, un momento que nunca olvidaré.
Reanudamos la marcha, ya con la punta rocosa de la cumbre a nuestro alcance. Unos cientos de metros más sorteando, pequeños riscos entre nieve dura y lejos de la inquietante cornisa y llegamos por fin a nuestra ansiada meta. “Cimaaa”
No da el tiempo atmosférico ni la hora, para grandes alegrías y abrazos, unas nubes oscuras se van acercando por el oeste, tapando ya alguna de las montañas del Macizo. Hay que volver cuanto antes. Nos queda el regreso apresurado, la bajada a veces es lo más difícil.

3 comentarios en “Relato de una Ascensión alpina”

  1. Y se me olvidó, estupendo el relato. Gracias.

    El sáb., 28 mar. 2020 11:26, Juan Carlos Soria Martinez escribió:

    > Gracias por estar a nuestro lado en este difícil tiempo. Un abrazo. >

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